La imagen duele aunque no haya sonido: la espinilla de Rinsola Babajide terminó marcada, con varios cortes y sangre, después del Roma–Milan de la Serie A Women. No es “parte del show”, no es una anécdota para el meme: es el recordatorio más crudo de lo que significa competir cada semana en una liga que, tácticamente, aprieta y físicamente castiga.
Porque en partidos así, cuando el ritmo sube y cada duelo es un microcombate, el margen de error se estrecha: llegas una décima tarde y lo paga el cuerpo. Y cuando la intensidad se convierte en rutina, también se vuelve imprescindible otra cosa: protección real para las futbolistas. Criterio arbitral consistente, sanciones que disuadan, y una conversación menos romántica sobre “ser duras” y más seria sobre cuidar carreras.

Babajide lo resumió a su manera con un “Cheers” y emojis, como quien intenta quitarle hierro a lo que escuece. Pero que no se nos escape lo importante: la élite no debería normalizar salir del campo así. Competir fuerte sí; competir a cualquier precio, no.
Ojalá quede en susto y en cicatriz. Y ojalá también sirva para mirar de frente lo evidente: el fútbol femenino ya no necesita que lo “tomen en serio” por discurso, sino por condiciones.













