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“Ni el vestuario era refugio”: el caso Altach reabre la herida de la seguridad en el fútbol femenino

Aisha Aranda destacada

Entre 2018 y 2025, un exdirectivo vinculado al SCR Altach (Bundesliga austríaca) grabó y fotografió en secreto a jugadoras en espacios íntimos: vestuario, gimnasio y duchas. No hablamos de “un descuido” ni de “una broma”: hablamos de control, de poder y de una invasión planificada del único lugar donde un equipo debería sentirse a salvo.

El caso terminó esta semana en el tribunal regional de Feldkirch (Austria) con una condena de 7 meses de prisión suspendida, una multa de 1.200 € y la obligación de pagar 625 € a cada víctima como compensación. El acusado aceptó la sentencia, aunque la fiscalía todavía puede recurrir, así que el fallo no está cerrado del todo.

La sentencia “barata” y el mensaje que deja

Cuando el castigo se percibe como leve, el daño no se queda en el pasado: se proyecta hacia el futuro. Porque la pregunta real no es solo “¿cuánto le cae al agresor?”, sino “¿qué aprende el sistema?”. Si la señal institucional es tibia, el mensaje para las jugadoras es demoledor: que su intimidad cuesta poco, y que la reparación llega tarde y a medias.

En el juicio se remarcó que “no es lo mismo mirar imágenes que crearlas”. Pero precisamente por eso la indignación crece: quien instala una cámara o esconde un móvil no está consumiendo, está produciendo violencia.

Eleni Rittmann: cuando las futbolistas toman la palabra

La reacción más potente ha venido desde dentro del propio fútbol. La futbolista Eleni Rittmann, con pasado en Altach, explotó públicamente contra la condena y puso el foco donde más escuece: hubo víctimas que eran menores.

Su frase lo resume todo: “Esto me deja sin palabras”, escribió, cuestionando si un castigo así disuade a otros y denunciando el impacto duradero: jugadoras que, incluso hoy, ya no se sienten seguras ni en duchas públicas.

Esa es la parte que muchas sentencias no alcanzan: el delito se comete en minutos, pero la inseguridad se instala durante años.

El vestuario como “hogar”… y la traición como trauma

Según se relató en sede judicial, se leyó un comunicado de víctimas con una imagen brutal: el vestuario era “casa”, un lugar de pertenencia, y esa casa fue destruida por alguien que se presentaba como parte de la “familia” del club.

En fútbol base y femenino esto pesa el doble. Porque los clubes no solo son instalaciones: son comunidad, confianza, rutinas, cuidados. Y cuando esa confianza se rompe, se rompen también dinámicas esenciales: cambiarse, recuperarse, ducharse, hablar sin miedo. Lo cotidiano se vuelve sospecha.

Responsabilidades del club y el reto de la prevención real

Tras el escándalo, el SCR Altach ha dicho estar trabajando en un nuevo protocolo de prevención y seguridad, en coordinación con organismos deportivos nacionales, con medidas que se anunciarían en marzo. La clave estará en si ese “protocolo” se traduce en cambios verificables:

  • controles de acceso y supervisión en zonas sensibles
  • protocolos claros para menores
  • canales independientes de denuncia
  • acompañamiento psicológico real (no un email y ya)
  • formación obligatoria en salvaguarda para staff y directivas

Porque la prevención no puede ser un PDF bonito: tiene que ser cultura, presupuesto y consecuencias.

No es un “caso aislado”: es una alerta para todo el fútbol

Este caso no va solo de Austria. Va de una verdad incómoda: el deporte —y especialmente el femenino— sigue siendo un territorio donde algunos creen que el cuerpo de las jugadoras está “disponible” para ser vigilado, capturado, archivado.

Y si el fútbol presume de valores, toca demostrarlo donde más cuesta: en la protección cotidiana, en la respuesta institucional y en el apoyo a las afectadas.

Qué podemos hacer desde aquí

Si estás en un club, una escuela o un equipo de barrio: pregunta por el protocolo, por quién tiene llaves, por cómo se gestionan vestuarios, por qué pasa si alguien denuncia.

Y si eres jugadora o familia: no normalices señales raras. La seguridad no es un lujo, es un derecho.

Apoya a las futbolistas que hablan, comparte recursos de salvaguarda y exige que federaciones y clubes pongan la protección por delante del “no hagamos ruido”.

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