El estreno de la selección femenina de fútbol para ciegas de Brasil en el Mundial de fútbol para ciegas 2025 terminó en un valiente cuarto puesto. No fue casualidad ni épica vacía
- Hecho: El equipo se conformó en 2024 y fue oficializado en 2025.
- Debut mundial: victoria 1-0 ante India y presencia en semifinales.
- Protagonistas: Eliane Gonçalves (39) y Lígia Nogueira (27)
- Contexto: décadas de exclusión por género y discapacidad; hoy hay visibilidad.

El latido de esta historia tiene nombre propio: Eliane Gonçalves, mediocampista que empezó a jugar dos años después de que la retinitis pigmentosa le cambiara la mirada del mundo. En Kochi firmó el 1-0 del debut ante la anfitriona y convirtió la incertidumbre en una certeza: la representación importa porque genera pertenencia.
«Somos las primeras, pero no seremos las últimas».
Eliane no esperaba ser titular. Se enteró en un entrenamiento y pensó que sus compañeras bromeaban. Aun así, el equipo avanzó hasta semifinales con una convocatoria armada por videos, sin liga doméstica de donde nutrirse. No hubo comodidades: poco presupuesto, adaptación exprés, piel curtida por los cuidados mutuos. Pero hubo algo más potente: identidad colectiva.
Voz bajo palos
Lígia Nogueira, 27 años, es una de las pocas jugadoras videntes del plantel y la única voz permitida en el tercio defensivo. Tras una vida en el fútbol convencional, tuvo que reaprender el oficio: guiar, orientar, comunicar. Su conclusión es luminosa para cualquier portería: el rol no es solo atajar, es sostener la lectura del juego y el tejido emocional del equipo. En sus palabras, acababa «más cansada de hablar que de volar».

Que Brasil llegara tarde a este escenario tiene explicaciones estructurales. El fútbol se consolidó como espacio masculino desde sus cimientos y las mujeres con discapacidad cargaron una doble barrera: prejuicio de género y de capacidad. Mientras los hombres competían desde 1978, la versión femenina solo se oficializó en 2025. Ese retraso no es anecdótico: habla de prioridades, presupuestos y quién tiene autoridad para ocupar el césped.
Hubo intentos que se apagaron por falta de competiciones —como el equipo surgido en 2009—, hasta que en 2022 un primer festival reunió a 26 futbolistas, en 2024 llegaron las concentraciones y en 2025, el Mundial. La secuencia no es lineal, pero dibuja una apuesta: la profesionalización es una decisión, no un premio.

Este proceso no se mide solo en medallas. Se mide en niñas que escuchan un balón con cascabel y piensan «yo también». En el capital simbólico que arrastra la trayectoria de referentes como Marta hacia otras orillas del fútbol. Y en lo que puede ocurrir cuando llegue la Copa América 2026 a São Paulo: audiencias nuevas, retorno social y una conversación más madura sobre derechos, accesibilidad y cuidados.
Si algo nos enseña este Brasil es que el talento aparece cuando existe método, lectura del juego y un entorno que cuida. La portería que habla, la mediocampista que sueña y el cuerpo técnico que escucha son piezas de una misma estructura: la de un deporte que, bien pensado, transforma la vida cotidiana. No es solo fútbol.
En palabras de Gonçalves, el deporte no es una salida individual, sino un abrazo colectivo que devuelve horizonte: nuevas metas, nuevas redes, nuevas genealogías. Ese es el marcador que importa: reconocimiento y respeto para que más mujeres con discapacidad se sientan no solo bienvenidas, sino protagonistas.
Si te mueves en clubes populares, colectivos feministas o proyectos de base, este es el momento: impulsa torneos locales, exige a las federaciones un presupuesto estable, dona material específico, acércate a un entrenamiento y comparte los partidos. La visibilidad es una jugada de equipo: súmate para que lo que hoy es pionero se convierta en estructura.
Fuente: The Guardian.













