El Real Betis Féminas encontró ante el Cacereño algo más que tres puntos. Halló una tarde de alivio, una victoria que corta la ansiedad y una razón para mirar la clasificación con menos miedo. El 3-1 de la Ciudad Deportiva Rafael Gordillo tuvo mucho de necesidad y bastante de convicción: un arranque feroz, un tramo de sufrimiento y un cierre que premió la resistencia de un equipo que llevaba demasiado tiempo buscando una alegría así en casa.
Un Betis que salió a morder
El partido se encarriló pronto porque el Betis entendió desde el inicio qué tipo de duelo tenía delante. No valían medias tintas. Había que apretar, ganar duelos y convertir la urgencia en energía. Así llegaron los dos primeros golpes. María Ruiz abrió el marcador en el minuto 18 y, casi sin dejar respirar al Cacereño, Natalia Montilla amplió la ventaja apenas tres minutos después. El 2-0 retrataba bien el arranque local: intensidad, fe y la sensación de que esta vez sí había colmillo en las áreas.

Del susto al alivio
Pero la tarde no iba a ser cómoda. La lesión de María Ruiz, que tuvo que retirarse en camilla, enfrió al Betis y dio aire a un Cacereño que empezó a crecer. Las extremeñas recortaron distancias en el 60’ por medio de Yorladiz Díaz y el partido entró en esa zona incómoda en la que cada error pesa el doble. Ahí tocó remar, sujetarse y no perder la cabeza. Y cuando más estrecho parecía el margen, apareció Ana Manchón en el 87’ para firmar el 3-1 definitivo. Un gol para cerrar el partido, asegurar el golaverage y recordar que, en Primera Federación, también se sobrevive creyendo.













