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Por qué la lesión de ligamento cruzado anterior (LCA) golpea más a las futbolistas y cómo se puede prevenir

Lesiones de ligamento cruzado anterior

Si vienes del artículo donde reunimos casos y dimensionamos la plaga de lesiones de cruzado actual, este texto es el “capítulo 2”: menos nombres propios y más “qué hay detrás”, según la evidencia disponible.

La rotura de ligamento cruzado (LCA; ACL en inglés) no es una lesión cualquiera: implica cirugía con frecuencia, readaptación larga y un riesgo real de volver a lesionarse. Y, en fútbol, la brecha por sexo es consistente: en una cohorte de seis temporadas, la incidencia fue 1,06% en mujeres frente a 0,38% en hombres (≈ 2,79 veces más), con el salto especialmente marcado a partir de los 14 años.

Qué es el LCA y por qué el fútbol lo castiga tanto

El LCA estabiliza la rodilla frente a giros, frenadas y cambios bruscos de dirección. El fútbol es exactamente eso: desacelerar, pivotar, aterrizar de un salto y volver a arrancar. Por eso muchas lesiones de LCA ocurren en acciones “normales” del juego, a veces sin contacto, en un instante donde la rodilla recibe una carga enorme con el pie fijado al suelo.

La gran foto: no es la lesión más frecuente, pero sí la más “devastadora”

En élite europea, el LCA puede representar una parte pequeña del total de lesiones, pero acumula la mayor carga: mediana de 292 días de baja y una carga de 38,0 días perdidos por 1000 horas (IQR 29,2–52,1). En un vestuario tipo (23 jugadoras), la expectativa ronda 0,7 roturas por temporada. Lo importante: la mayoría son sin contacto (64%), y ocurren muchísimo más en partido que en entrenamiento (≈ nueve veces más).

Por qué afecta más a mujeres: 4 capas que se suman (no una sola causa)

1) Biomecánica y control neuromuscular (la capa más “entrenable”)

Aquí está el corazón del problema… y de la solución. En muchas lesiones de ligamento cruzado sin contacto aparece un patrón repetido:

  • rodilla que cae hacia dentro (valgo dinámico),
  • poca flexión de cadera/rodilla al frenar o aterrizar,
  • tronco que se inclina o rota,
  • cuádriceps “mandando” más que isquios (menos freno posterior de la tibia),
  • fatiga: la técnica se degrada cuando el cuerpo llega tarde.

Esto no es “culpa” de la jugadora: es una cuestión de cómo se construyen capacidades desde la base (fuerza, aterrizaje, desaceleración, control del tronco) y de cuántas horas de trabajo invisible se pueden pagar y sostener.

2) Anatomía y estructura (riesgo de base, poco modificable)

En promedio existen diferencias en geometría de rodilla y características del ligamento (por ejemplo, tamaño/diámetro), además de alineaciones típicas (como el ángulo Q) que pueden influir en cómo se distribuyen fuerzas. Esto no determina el destino de nadie, pero puede elevar el “punto de partida” del riesgo.

3) Hormonas: una hipótesis plausible, evidencia no definitiva

La idea de que las fluctuaciones hormonales modulan laxitud y propiedades del tejido existe desde hace décadas. Pero la literatura sigue siendo heterogénea: hay resultados inconsistentes y, hoy, no es una explicación única ni una herramienta práctica para prevenir por sí sola. Traducido: conviene no simplificar (“es por el ciclo”) y volver al terreno donde sí hay consenso operativo: fuerza, técnica, cargas y condiciones.

4) Entorno e inequidad deportiva (la capa política)

Aquí es donde la “plaga” deja de ser una cuestión clínica y se convierte en gobernanza:

  • menos años de acceso a fuerza bien programada en cantera,
  • estructuras semiprofesionales que limitan fisio/readaptación,
  • calendarios comprimidos y viajes,
  • superficies y entrenamientos de menor calidad,
  • y, durante mucho tiempo, material (incluidas botas) pensado para un pie masculino estándar.

Cuando sumas un riesgo de base mayor + menos herramientas para compensarlo, aparecen más lesionadas de ligamento cruzado.

Qué se puede hacer: prevención basada en lo que mejor funciona

La prevención no es un “ejercicio mágico”. Lo que mejor respalda la evidencia son programas neuromusculares multicomponente: fuerza + pliometría + equilibrio + control proximal (cadera/tronco) + técnica de aterrizaje y cambio de dirección. En metaanálisis recientes, este tipo de entrenamiento se asocia a reducciones relevantes del riesgo de ACL (rangos alrededor de 40–70%, según población y adherencia).

La dosis importa (y la adherencia lo es todo)

La prevención funciona cuando:

  • se hace 2–3 veces/semana,
  • dura 15–20 minutos (mínimo útil),
  • se mantiene toda la temporada (no solo en pretemporada),
  • y se entrena “bien”: calidad del gesto, progresión y supervisión.

Una lección repetida en la literatura: programas que “no funcionan” muchas veces no fallan por el contenido, sino por el cumplimiento.

Qué debería incluir un “warm-up” preventivo (versión fútbol real)

  1. Activación y movilidad (2–3 min)
  2. Fuerza rápida: isquios (excéntrico), glúteo medio/mayor, gemelo-sóleo (5–6 min)
  3. Pliometría con técnica: saltos y aterrizajes suaves, rodilla alineada, cadera atrás (4–5 min)
  4. Desaceleración y cambio de dirección: frenar en 2–3 apoyos, tronco estable, pasos cortos (4–5 min)
  5. Integración con balón (opcional, sin romper la técnica)

Cantera: la “ventana” de oro está antes y durante la adolescencia

El dato de que la brecha se dispara a partir de los 14 años encaja con lo que se observa en desarrollo: cambios de crecimiento, fuerza relativa, coordinación y patrones de movimiento. Si llegas tarde (cuando ya hay déficit de fuerza y control), cuesta más. Por eso, una política de prevención seria empieza en infantil/cadete, no cuando ya hay una rotura.

Checklist de club (élite y semipro): lo mínimo que debería estar pasando

  • Programa preventivo obligatorio integrado en el calentamiento (no “voluntario”).
  • Microdosis de fuerza 2–3 días/semana (isquios excéntricos + glúteo + core).
  • Trabajo técnico específico de frenada, giro y aterrizaje.
  • Monitorización de carga: picos de minutos, congestión de partidos, fatiga acumulada.
  • Revisión de calzado y superficie: ajuste, tracción, condiciones del campo.
  • Protocolo de retorno al juego: no solo “tiempo”, también pruebas funcionales y fuerza.

Vuelta a jugar: el punto ciego donde nace la siguiente lesión

Tras una rotura de ligamento cruzado, volver “rápido” puede salir carísimo. En seguimiento a medio-largo plazo, una proporción importante de futbolistas que regresan sufre nuevas lesiones de rodilla, incluyendo un porcentaje notable de segundas lesiones de ACL (ya sea misma rodilla o contralateral). Esto obliga a cambiar el foco: no basta con “volver”, hay que volver mejor (fuerza, control, confianza, tolerancia a carga).

Qué puede hacer una liga (Liga F y federaciones): prevención como estándar, no como recomendación

Si la lesión de ligamento cruzado es una cuestión estructural, la respuesta también lo es. Tres palancas de política deportiva:

  1. Protocolo mínimo auditado: prevención + fuerza + control de cargas como requisito de licencia.
  2. Registro transparente de lesiones (anonimizado, comparable): sin datos, no hay diagnóstico ni evaluación de políticas.
  3. Recursos para cantera y semipro: formación a entrenadoras/es, plantillas médicas mínimas y tiempo de entrenamiento de calidad.

Pregunta para abrir debate público: si sabemos que gran parte de las lesiones de LCA se pueden reducir con programas bien implementados, ¿por qué la prevención no es todavía una obligación de liga, igual que lo son otras normas de seguridad y competición?


Fuentes

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